Opinión| 23 Ago 2008 - 1:26 am

Tomas Eloy Martínez

León Tolstoi: un matrimonio desdichado

Por: Tomas Eloy Martínez
LA IMAGEN TIENE POCO MENOS DE un siglo, pero los más oscuros pliegues de la condición humana siguen allí tan vivos como cuando los captó un fotógrafo anónimo, la madrugada del 4 de noviembre de 1910.

La solitaria figura de una mujer madura, encaramada en puntas de pie sobre un cajón de madera, domina la escena. Es Sofía Andreievna, la esposa de León Tolstoi, quien trata de vislumbrar —espiando por la ventana de una cabaña perdida en la estepa rusa— el cuerpo agonizante de quien fue su marido durante 48 años y a cuya cama no puede acercarse por exigencia de los médicos, de los hijos y del propio Tolstoi.

El escritor había huido de su casa de Yásnaia Poliana una semana antes, abrumado por los incesantes requerimientos de Sofía (a la que llamaba Sonia) para que le entregara los manuscritos sin publicar y los diarios íntimos en los que hablaba de ella.

Desde hacía ya muchos años su matrimonio naufragaba en querellas cada vez más ásperas. La esposa no toleraba que Vasili Cherkov —un intrigante al que Tolstoi consideraba su mejor discípulo— se inmiscuyera en las peleas conyugales y de algún modo las estimulara. El escritor, a su vez, se negaba a mantenerlo apartado.

Marido y mujer veían aquellas trifulcas como “una lucha a muerte” y en verdad lo eran. Se amaban pero la vida en común los estaba destrozando.

Cuando Tolstoi se fugó de la casa familiar sin avisarle a nadie —salvo a su hija Sasha, a quien pidió que lo acompañara— estaba enfermo de neumonía. Su temperatura oscilaba entre los 39,6 grados y los 40. El pulso era irregular y la respiración tan débil que Sasha, inquieta, le acercaba cada tanto un espejo a los labios para verificar que seguía vivo. Sentía ardores de estómago y ataques de hipo que no daban tregua.

Padre e hija atravesaron los campos helados en un trineo hasta la estación de tren, donde —para despistar— compraron pasajes a pequeños apeaderos de la línea del sur. Tolstoi pretendía pasar inadvertido, pero no tenía idea de su inmensa fama. Cayó derrumbado en un vagón de segunda clase y le pidió a Sasha que le comprara los periódicos. Con horror descubrió que la historia de su fuga era el tema principal de las portadas. Nubes de reporteros seguían el rumbo del tren y los fotógrafos estaban al acecho en las estaciones.

Muy pronto, todos los pasajeros se enteraron de que Tolstoi viajaba con ellos y acudieron en masa a verlo. Sasha les rogó que se fueran para que su padre pudiera descansar. Apenas circulaba el aire en los vagones llenos de humo.

El gobierno del zar Nicolás II había despachado también a varios policías de civil para que averiguaran las verdaderas intenciones de un pacifista venerado por los campesinos, al que la Iglesia Ortodoxa acababa de excomulgar. A Tolstoi sólo le importaba que lo dejaran en paz.

Era ya entonces un gigante lleno de gloria y no habría otro que desatara entusiasmos tan tumultuosos. Ningún escritor, antes o después, conoció como él esos extremos de admiración. Cuando viajaba a Moscú y a San Petersburgo, las calles por las que pasaba estaban alfombradas de flores. Todos los extranjeros de renombre que llegaban a Rusia consideraban incompleta la peregrinación si Tolstoi no los recibía. Gandhi le escribió llamándolo “nuestro titán” y se declaró “humilde deudor de sus prédicas y doctrinas sobre la no violencia”.

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Opinión por:

paisacoraje

3 Septiembre 2008 - 1:58pm
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Da gusto leer historias tan bien contadas como esta del episodio triste en la vida del gran escritor Leon Tolstoy, como lo hace el también excelente escritor y periodista Tomás Eloy Martínez.

Opinión por:

dibermud

24 Agosto 2008 - 6:12pm
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Gracias al columnista y mis respetos por un escrito sobrecogedor, casi sublime, que me ha hecho sentir culpa por no conocer hasta ahora nada de la obra de Tolstoi. Sin conocerla me atrevo a pensar que si es como dicen, debería ser parte de los libros de enseñanza "obligatoria" en el bachillerato, para ayudar a forjar hombres de bien.

Opinión por:

Ana Restrepo

24 Agosto 2008 - 8:31am
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Qué hermosura de escrito. Para esto son los periódicos de domingo: para pasar rico leyendo y aprender. Muchas gracias. Infancia, adolscencia y juventud, es una obra que deja marca de hierro en cualquier lector. Una de mis favoritas.

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