Tema del día| 1 Oct 2008 - 9:16 pm

Protestas de este miércoles en Chía concluyeron con gases lacrimógenos

La multitud intentó ajusticiar a los culpables

Por: EL ESPECTADOR
El momento más dramático de los disturbios que generaron este miércoles las audiencias a Marta Lucía Garzón, Orlando Pelayo y Jorge Orlando Ovalle por la muerte de Luis Santiago Lozano se inició cuando Garzón, una de las acusadas del secuestro, negó haber sido la autora del asesinato del niño.
Clara Ivonne Lozano
Foto: Herminso Ruiz

Clara Ivonne Lozano, la madre del niño, tuvo un choque nervioso al llegar a la iglesia y ver la multitud. Por la tarde acompañó el cortejo fúnebre desde una silla de ruedas.    

De inmediato se escucharon ruidos fuertes y gritos de “asesinos, asesinos, asesinos” en las afueras del juzgado de Chía.

La multitud, cada vez más enardecida, había decidido tomarse la justicia por sus propias manos. Intentó desarmar a los agentes del Esmad y quitó las vallas de seguridad que la separaba de las puertas del juzgado.

La Policía se defendió. Comenzó una profusa lluvia de piedras.

De repente se oyeron dos explosiones. La jueza se vio obligada a suspender la audiencia. Pelayo y Garzón fueron evacuados rápidamente del recinto, en medio de una fuerte protección, y llevados a una tanqueta en la que se encontraba el padre de Luis Santiago.

Cuando el vehículo comenzó a alejarse, la gente se le tiró encima con lo que tenía a mano para detenerlo. Otros, que no creían la versión según la cual los homicidas se habían marchado ya, fueron hasta las puertas del juzgado pretendiendo ingresar. La jueza dio la orden de que entrara uno de ellos para que fuera testigo de que  Pelayo, Garzón y Lozano ya no se encontraban allí.

Afuera, el coronel Carlos Zapata, comandante operativo de la Policía de Chía, intentó conciliar entre las fuerzas del Esmad y los furibundos protestantes. 

Después de pedir que cesaran las agresiones, les dio la orden a sus subalternos de que lanzaran gases lacrimógenos. Ante el riesgo, la gente se marchó a sus casas, aunque alguno gritó que no se quedarían ni tranquilos ni callados.

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