Bogotá| 2 Oct 2008 - 8:11 pm
Hoy el Concejo debatirá el tema del suicidio y de los programas de prevención del Distrito
De las cartas y versos a la horca
Por: Fernando Araújo Vélez
Andrés Caicedo
Hubo un día histórico que pasó en silencio y fue lluvioso, como casi todos los días de aquella Bogotá de los años 30. Un día gris, frío, marcado como 30 de junio, en el que los parientes de José Asunción Silva se atrevieron a desafiar las leyes y dogmas de los católicos y en medio de la mayor discreción sacaron los restos del poeta y los llevaron al Cementerio Central, el campo santo de los “verdaderos hijos de Dios”, como decían las señoras de bien.
Silva había cometido el sacrilegio de suicidarse, como lo calificaban los moralistas a rajatabla, el 24 de mayo de 1896, con un disparo en el pecho, según lo relataron los historiadores tiempo después, y luego de haberse pintado un corazón. Las primeras versiones indicaban que se había matado por amor, siguiendo la línea de los románticos que 100 años antes se mataron para seguir hasta su imaginaria tumba al joven Werther de Goethe. Luego alguien se atrevió a sugerir que Silva se había suicidado, entre otras razones, por sus infinitas deudas.
Su muerte generó rechazo, pero también amor. Hubo quienes lo repudiaron y quienes lo copiaron. Sus detractores, incluso, regaron por toda la ciudad la voz de que los amores imposibles con su hermana Elvira habían desatado la tragedia. Se amaban, eso era cierto. Toda la ciudad lo sabía y lo rumoraba. Tal vez por ello, ninguno de los Silva se opuso a que ya en el cementerio de los “justos”, los sepultaran uno al lado del otro, hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, los posibles motivos de su disparo pudieron ser todos los anteriores: deudas, amor, locura y romanticismo. A fin de cuentas, cual sombra sin rumbo, iba atormentado por las heridas del amor, de la vida y de la muerte, como diría el poema de Miguel Hernández 20 años más tarde.
Quienes lo elevaron al altar del romanticismo, aplaudieron y hasta celebraron la moda de los suicidas que se desencadenó entonces por toda Bogotá. Unos dejaban cartas. Otros, simplemente se pegaban un disparo o se ahorcaban, para dejarle a la posteridad las minucias del dolor y las razones. En 1908, según crónicas de la época, el Cementerio de los Suicidas, que estaba situado a pocos metros del Central, tuvo que ampliarse.
Para ubicar los cadáveres a lo largo y ancho del terreno, los deudos se vieron obligados a olvidar las viejas costumbres, según las cuales botaban por encima de una paredilla los cuerpos de los suicidas para que después un sepulturero los enterrara. Era urgente distribuir bien el espacio, y que ese espacio estuviera perfectamente delimitado, para que los católicos no se unieran con los paganos, para que los suicidas “bajaran” directo al infierno, y los santos fueran al cielo.
Tiempo atrás, todas estas creencias y costumbres estaban tan arraigadas en los bogotanos, que cuando los cadáveres dejaron de sepultarse en las iglesias por cuestiones de salud, y se construyeron los primeros cementerios, como el Central de Bogotá en 1837, los familiares de quienes fallecían les pagaban a los curas un dinero amplio para que simularan una ceremonia de sepultura en el cementerio, con un ataúd repleto de piedras, y el cuerpo real lo enterraran en la iglesia en horas de la madrugada.
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Para agregar un poco a esta curiosa crónica, traigo a cuento el cementerio de Circasia, Quindío, auto nombrado Cementerio Libre, donde democráticamente se podía inhumar a cualquier individuo, sin importar credo político, tendencia sexual o tipo de muerte. De igual forma , en ese municipio existió el único Club de Suicidas del mundo ( que yo conozca ), que obviamente terminó por sustracción de materia, o fallecimiento de todos sus afiliados al cumplir con la reglamentación de asociados.
De paso, a Silva lo entierran en el cementerio de los suicidas, junto al Central. Después sus restos son trasladados a donde están hoy junto a los de su hermana, eso sí.
Como que Silva se mató luego de aberse pintado un corazón. Nada más lejos de eso, que suena a suicidio cursi. Fue al médico y le pidió que le indicara el lugar exacto del corazón. Éste se lo señaló, marcándoselo en el propio pecho.
Deliciosa crónica. Lo felicito.
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